Por Osiris

(Opera - Place Vendôme - Tullerías - Louvre - Saint Chapelle - Conciergerie - Notre Dame - Quai Saint-Michel - Quartier Latin)

Buenos días. Antes del excitante desayuno, cuidados de spa para la señorita, mientras disfruta coloreando, aunque al mismo tiempo supervisa la operación a través del espejo.



Paseo hasta la mítica Place Vendôme, calles vacías, escaparates enrejados y también vacíos aún a esta hora. Nos queda aún tiempo hasta nuestra hora de entrada al Louvre.







En sus tiendas, Louis Vuitton transforma las clásicas fachadas de París (lo veremos de nuevo mañana).
 


Y seguimos a las Tullerías. 




Línea de fuga


Fuga de pato




Musée de Orsay, al fondo


¿Qué tendrá que la hace especial?





Tenemos las entradas, pero para dentro de una hora. No sirve de nada estar antes, las colas son por turnos de media hora, y está haciendo bastante frio. Nos vamos a por un café, a ver si entramos en calor, y nos sentamos. Y de paso, otra típica escena parisina. Folclotick.



Por fin accedemos. La cantidad de gente es increíble, por Dios. Evidentemente no pretendemos ver todo. Descubro que tenemos como objetivo prioritario La Mona Lisa y Egipto. Pues vale.

La primera, una aguja en un pajar. Salas y salas de absolutas joyas, de esas que estudiamos en la EGB y algunas aun reconocemos, sorteadas o ignoradas por la multitud como artículos de un brocante ya descartados en una visita anterior. Si hemos llevado a la extenuación el consumo voraz de contenidos en Netflix, ¿cómo pueden competir estas estáticas y mudas representaciones de siglos atrás? 


Hace falta un espectáculo que complemente la obra, unos cafres arrojando sopa de tomate, quizás, para disparar las visitas (¡hombre!, esta vez sí físicas, no a una web) de una obra. Y te preguntas por qué esta sí. Por qué esta sala está colapsada, por qué hay codazos en una fila "organizada" para un solo cuadro. Nos hemos vuelto g...


¿Donde está Wally?

Aquí 

Clasicismo

Magisterio

Pasmados, asistimos durante gran parte de la visita a una inesperada lección sobre Egipto. Parece que algunos desvelos dan sus frutos. 



- Tras Egipto, ¿vemos Roma? 
- Por favor, ¡noooooooooo!


Adios Pirámide

Invisibilidad

A comer, con reserva, a Le Louvre Ripaille. Entrantes: caracoles, sopa de cebolla (otro clásico) y tuétano (delicioso). Los principales, no eran tan destacables, excepto el steak tartare, que era espectacular, bien de potencia, que suelen quedarse cortos por miedo a que lo devuelvas a la cocina. el vino, muy reguleras, e igual de caro que el día anterior. La comida total no tanto. 

La escenita de la comida la protagoniza... la de la mesa de al lado, atención. Según hablamos con el maître para pedir, está enumerando algunas cosas, y como él hablaba algo de español, busca la palabra en castellano para el marisco que nos está indicando. Ni corta ni perezosa, la chica -española- de la mesa de al lado salta "!Navajas¡". Nos quedamos ojipláticos. Triste conversación debía tener con su acompañante para preferir dedicar su atención a la nuestra; poca discreción, para optar por intervenir en ella; y menor aún juicio sobre su propio conocimiento lingüítico cuando, además, mete la pata: eran almejas. Ole muchacha, te has cubierto de gloria.




Y caminando, por el Pont Neuf, a la Saint Chapelle y la Conciergerie.


Louis Vuitton dream desde Le Pont Neuf

Senna desde Le Pont Neuf

Pequeña espera en la Saint Chapelle, pese a tener las entradas de antemano. Nada grave. Aunque por la paliza acumulada, especialmente dentro del Louvre, se hace difícil mantener una espera ordenada. A la Saint Chapelle se accede por la cripta, oscura, chata, terrenal, que por cierto alberga las tiendas de recuerdos, bastante poco ortodoxo, me parece. Y por una escalera de piedra circular situada en un rincón, subes a la capilla, todo lo contrario: luminosa, multicolor, celestial... Las expresiones (faciales y verbales) de asombro se repiten.



Después la Conciergerie, paso ligero, se acaba la paciencia, el interés, y aprieta la necesidad de pasar por boxes. No parece que nadie quiera detenerse mucho.

Y por fin Notre Dame. Me llena de tristeza. Me encantaba, no sé por qué. Juraría que sus gárgolas han compartido conmigo dos veces sus vistas de todo París. Lo recuerdo con bastante gusto tétrico, impresiona. Cuando ardió, estábamos en Burdeos. Nos quedamos helados, increíble. Aseguran que los trabajos terminarán en 2024. De momento, el corazón de la memoria de una ciudad sigue herido, para muchas generaciones. Aquí converge la memoria religiosa, la histórica, la literaria e incluso la infantil. Y una parte se ha perdido para siempre. Como perece un bosque por la misma causa, o se nos muere un abuelo. Hoy podemos replicar a la perfección lo que hicieron nuestros ancestros. Por eso replicarlo no tiene valor; lo tiene conservarlo. Y lo que no se conserva, simplemente, ya no está.


No os dejéis engañar: mejor el de speculoos que el de Nutella

Un clásico

Breve paseo por el Quai Saint-Michel. En otros tiempos, en estos puestos compré alguna edición antigua de algún clásico; apenas queda nada. Son más bien suovenirs desde hace muchos años. la vista sigue siendo hermosa. Pero todo París estos días está invadido por infinitos turistas, disfrutar del paseo se hace difícil.

Hacemos una breve incursión en el barrio Latino: calles estrechas de infinitos restaurantes italianos, griegos, saboyanos, turcos, y - por error- alguno francés. Un comercial intenta captarte al pasar. Seguro que alguno está bien; acertar no debe ser fácil. Para nosotros aún no es la hora. 

Entretanto, incursión a una pastelería para continuar el benchmarking habitual de Macarrons. Estos no son muy allá. Sólo 3 de siete tienen el correcto sabor intenso y la suave textura. Prescindibles por mejorables. Por algo salían a casi dos euros cada uno, y no a cuatro o más como en tantos otros sitios... 

Otro clásico: degustación callejera de macarrons

La tropa ya no para de protestar, el motín está próximo. No hay más remedio que tirar de Uber de vuelta al hotel.

Y otro clásico, de vuelta a casa

Se aprecia en el ambiente la ansiedad de la Happy Hour, la madre que los parió. Como si uno estuviera en París cada día. Eso sí, la aprovechan, no cabe duda. Eso salva la cena, aunque, otra vez, habrá recena con la segunda y última maravillosa terrine. Ummmmm.

Mañana más. Nos vemos.





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